Con qué llegó el estudio
Seis personas en Rosario: tres profesionales, dos asistentes y quien lleva la administración. Trabajos por proyecto y un puñado de clientes mensuales. La agenda estaba llena. La caja, no. Se facturaba cuando el trabajo «estaba redondo» y se cobraba cuando el cliente pagaba, sin recordatorio escrito ni seña al arrancar.
El costo por hora operativa no estaba calculado. Se cotizaba mirando lo que se había cobrado el año anterior y lo que «el cliente puede pagar». Las horas de idas y vueltas, las reuniones de arranque y las correcciones extra no entraban en la factura. En un mes tipo se perdían 180 horas así: trabajo real, cero peso.
Había concentración: dos clientes representaban el 41% de la facturación y pagaban a 90. El resto, a 45 o 60. El recurrente era apenas el 22% del mes, así que cada hueco de proyecto se sentía en el alquiler. Pedimos 12 meses de facturas emitidas, recibos, extracto y una carga de horas de cuatro semanas.