Con qué llegó el negocio
Mostrador de barrio en CABA, horno propio, venta a vecinos y a tres comercios de la zona. Nueve personas entre producción, atención y entregas. El libro de ventas cerraba para arriba respecto del año anterior. La cuenta corriente del insumo, no. Harina, manteca y huevo se pagaban al contado o a 7 días; el mostrador financiaba al fiado a dos mayoristas chicos.
El precio del medialún, la facturas y el pan francés se había movido «cuando el proveedor avisaba», no cuando cambiaba el costo por kilo. Había 62 ítems activos y nadie podía decir el margen de los 15 que concentraban el 70% de la venta. La producción de madrugada se armaba por costumbre: se horneaba de más para no quedarse corto el domingo, y el lunes se tiraba o se vendía a mitad de precio.
El equipo conocía el oficio. El hueco estaba en la ficha de costo, en la merma por turno y en una lista de precios que no se había sentado con la reposición real. Pedimos 12 meses de tickets, facturas de harina y lácteos, y un conteo de merma de cinco días seguidos.